DemasIAdo perfecto para ser real

Por: Karla Yunnuen

Este fin de semana, mientras me sentaba a crear contenido para Revista Marka, me detuve a repasar algunos apuntes y lecturas que llamaron poderosamente mi atención. En ese proceso, me percaté de algo inquietante: en el afán de optimizar nuestra comunicación y conectar más rápido, algo vital se nos está escapando de las manos.

La Inteligencia Artificial está ocupando, verdaderamente, muchos espacios; sin embargo, me resisto a pensar que la escritura deba ser uno de ellos. En algún momento, me invadió la idea de que la gente ya no leía, y eso llegaba a frustrarme porque amo escribir; es la mejor manera en la que logro expresarme. No obstante, hoy el problema no es que no leamos, sino lo que encontramos: títulos atractivos que esconden contenidos «tóxicamente artificiales».

Mi reacción inmediata ante estos textos es siempre la misma: «Esto es demasiado perfecto para ser real».

La escritura como acto de descubrimiento

La palabra dicha y la escrita tienen puntos de inflexión y de encuentro. Como decimos en México, es ahí cuando «nos caen los veintes». Descubrimos algo de nosotros mismos al escribir y, después, al leernos. La escritura no es solo una transmisión de datos; es un acto de descubrimiento personal.

Al compartir lo que escribimos —incluso cuando el tema es altamente íntimo—, lanzamos un hilo al mundo con la sospecha de que alguien más, en el mundo real o en el metaverso, está experimentando ese mismo sentimiento. Por eso nos sentimos identificadas con lecturas que nos hacen estremecer, reír o llorar; lectura que nos hacen SENTIR.

La IA raya en el perfeccionismo de la gramática, la puntuación y la sintaxis. Sus textos son impecables en orden literario, pero permanecen vacíos. Y aunque esto parezca una queja, en realidad es una advertencia para todas las que lideramos proyectos:

En tiempos de automatización e hiperconectividad, se nos olvida que no todo en la vida es una transacción comercial. No todos queremos ser atendidos más rápido o a todas horas por un bot; tampoco todos buscamos una «experiencia de Inteligencia Artificial». Me parece que hoy, más que nunca, estamos volviendo a valorar lo que el algoritmo no puede simular: el tiempo dedicado, la desconexión consciente y la atención personalizada de un humano que siente, exactamente como yo.

Que nuestra “Marka” sea siempre la de la humanidad.

Con cariño y alegría,

Karla Yunnuen


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